lunes, 27 de febrero de 2012




EL RAPTO DE LA BELLA DURMIENTE

Durante toda su juventud, el príncipe había oído la historia de la Bella Durmiente, condenada a dormir durante cien años, al igual que sus padres, el rey y la reina, y toda la corte, después de haberse pinchado el dedo en un huso. Pero no creyó en la leyenda hasta que estuvo dentro del castillo. Ni siquiera la había creído al ver los cuerpos de otros príncipes atrapados en las espinas de los rosales trepadores que cubrían los muros.Ellos sí habían acudido movidos por un  convencimiento, eso era cierto, pero él necesitaba ver con sus propios ojos el interior del  castillo.
El príncipe, imprudente por efecto del dolor que sentía tras la muerte de su padre y Demasiado poderoso bajo el reinado de una madre que lo favorecía en exceso, cortó de raíz  Las imponentes trepadoras, impidiendo de este modo que lo apresaran entre su maraña. No era,El deseo de morir sino el de conquistar el que lo empujaba. Avanzando con tiento entre los esqueletos de los que no habían logrado resolver el
Misterio, se introdujo a solas en la gran sala de banquetes.
El sol brillaba en lo alto del cielo y las enredaderas habían retrocedido permitiendo que La luz cayera en haces polvorientos desde las encumbradas ventanas. Todavía instalados ante la mesa de banquetes y cubiertos por varias capas de polvo, el príncipe descubrió a los hombres y mujeres de la antigua corte que dormían con los rostros inanimados y rubicundos envueltos por telas de araña.
Se quedó boquiabierto al ver a los sirvientes dormidos contra las paredes, con las ropas consumidas y convertidas en andrajos.
Así que la antigua leyenda era cierta. Con la misma osadía de antes, inició la búsqueda de la Bella Durmiente, que debía hallarse en el centro de todo aquello. La encontró en la alcoba más alta de la casa. Finalmente, tras sortear los cuerpos de
doncellas y criados dormidos, y respirar el polvo y la humedad del lugar, se halló en el umbral de la puerta de su santuario. Sobre el terciopelo verde oscuro de la cama, el cabello pajizo de la princesa se extendía largo y liso, y el vestido, que formaba holgados pliegues, revelaba los pechos redondeados y las formas de una joven. Abrió las contraventanas cerradas. La luz del sol resplandeció sobre ella. El príncipe se
acercó un poco más y soltó un ahogado suspiro al tocar la mejilla, los labios entreabiertos y los dientes y, después, los delicados párpados.
El rostro le pareció perfecto; y la túnica bordada, que se le había pegado al cuerpo y marcaba el pliegue entre sus piernas, permitía adivinar la forma de su sexo. Desenvainó la espada con la que había cortado todas las enredaderas que cubrían los muros y, deslizando cuidadosamente la hoja entre sus pechos, rasgó con facilidad el viejo tejido del vestido que quedó abierto hasta el borde inferior. Él separó las dos mitades y la observó. Los pezones eran del mismo color rosáceo que sus labios, y el vello pubico era castaño y más rizado que la larga melena lisa que le cubría los brazos hasta llegar casi a las caderas por ambos costados. Separó de un tajo las mangas y alzó con suma delicadeza el cuerpo de la joven para liberarlo de todas las ropas. El peso de la cabellera pareció tirar de la cabeza de ésta, que quedó apoyada en los brazos de él al tiempo que la boca se abría un poco más. El príncipe dejó a un lado la espada. Se quitó la pesada armadura y a continuación volvió a alzar a la princesa sosteniéndola con el brazo izquierdo por debajo de los hombros y la mano derecha entre las piernas, el pulgar en lo alto del pubis. Ella no profirió ningún sonido; pero si fuera posible gemir en silencio, la princesa gimió con la actitud de su cuerpo. Su cabeza cayó hacia él, quien sintió la caliente humedad del pubis contra su mano derecha. Al volver a tenderla, le apresó ambos pechos y los chupó suavemente, primero uno y luego el otro.
Eran éstos unos pechos llenos y firmes, pues la joven tenía quince años cuando la maldición se apoderó de ella. Él le mordisqueó los pezones, al tiempo que le meneaba los senos casi con brusquedad, como si quisiera sopesarlos; luego se deleitó palmoteándolos ligeramente hacia delante y atrás. Al entrar en la estancia el deseo le había invadido con fuerza, casi dolorosamente, y ahora le incitaba de forma casi cruel.
Se subió sobre ella y le separó las piernas, mientras pellizcaba suave y profundamente la blanca carne interior de los muslos. Estrechó el pecho derecho en su mano izquierda e introdujo su miembro sosteniendo ala princesa erguida para poder llevar aquella boca hasta la suya y, mientras se abría paso a través de su inocencia, le separó la boca con la lengua y te pellizcó con fuerza el pecho. Le chupó los labios, le extrajo la vida y la introdujo en él. Cuando el príncipe sintió que su simiente explotaba dentro del otro cuerpo, la joven gritó. Luego sus ojos azules se abrieron. -¡Bella! -le susurró. Ella cerró los ojos, con las cejas doradas ligeramente fruncidas en un leve mohín mientras el sol centelleaba sobre su amplia frente blanca. Le levantó la barbilla, besó su garganta y, al extraer su miembro del sexo comprimido de ella, la oyó gemir debajo de él. La princesa estaba aturdida. La incorporó hasta dejarla sentada, desnuda, con una
rodilla doblada sobre los restos del vestido de terciopelo esparcidos encima de la cama, que era tan Esa y dura como una mesa.
-Os he despertado, querida mía-le dijo-. Habéis dormido durante cien años, igual que todos los que os querían. ¡Escuchad, escuchad! Oiréis cómo este castillo vuelve a la vida, algo que nadie antes que vos oyó nunca. Un agudo grito llegó desde el corredor, donde la sirvienta estaba de pie con las manos en los labios. El príncipe se acercó hasta la puerta para hablar con ella. -Id a buscar a vuestro amo, el rey. Decidle que el príncipe que había de liberar esta casa de la maldición ha llegado y también que ahora permaneceré reunido a puerta cerrada con su hija. Cerró la puerta, echó el cerrojo y se volvió para observar a Bella.
Se tapaba los pechos con las manos. Su larga y lisa cabellera dorada, espesa e increíblemente sedosa, caía a su alrededor, abriéndose sobre la cama.La princesa reclinó la cabeza de manera que el pelo cubriera su cuerpo. Pero miraba al príncipe, y éste se sorprendió al ver aquellos ojos carentes de miedo o malicia. Estaban abiertos de par en par, sin expresión alguna, como los de uno de esos tiernos animales del bosque instantes antes de caer abatidos en una cacería. El seno de la princesa se agitaba al compás de su respiración anhelante. Él se echó a reír, se aproximó un poco más y le retiró el pelo del hombro derecho. Ella alzó la mirada y la mantuvo fija en él. Un rubor novicio afluyó a sus mejillas y, de
nuevo, el príncipe la besó. Le abrió la boca con los labios y con la mano izquierda le sujetó las muñecas, bajándoselas hasta el regazo desnudo para poder así cogerle los pechos y examinarlos mejor. -Beldad inocente-susurró. Sabía lo que ella estaba viendo: un joven sólo tres años mayor que la princesa cuando se convirtió en la Bella Durmiente. Él contaba dieciocho, apenas un hombre, pero no temía nada ni a nadie. Era alto, con el pelo negro; su figura delgada le daba un aspecto ágil.
Le gustaba pensar en sí mismo como en una espada: ligero, directo, muy preciso y absolutamente peligroso. Había dejado a muchos tras él que podían corroborarlo. En aquel momento, no albergaba orgullo sino una inmensa satisfacción. Había llegado hasta el centro del castillo maldito. En la puerta se oían golpes y gritos.No se molestó en contestar. Volvió a tender a Bella sobre la cama. -Soy vuestro príncipe -dijo—, así os dirigiréis a mí, y por este motivo me obedeceréis. Al separarle otra vez las piernas, vio la sangre de su inocencia sobre la tela y, riéndose tranquilamente para sus adentros, volvió a entrar en ella con suma suavidad. Bella soltó una suave sucesión de gemidos que en los oídos del príncipe sonaron como besos. -Contestadme como corresponde-susurró. -Mi príncipe -dijo. -Ah -suspiró-, qué delicia. Cuando abrió de nuevo la puerta, la habitación estaba casi a oscuras. Comunicó a los sirvientes que cenaría entonces y que recibiría al rey de inmediato. Le ordenó a Bella que cenara con él, que se quedara a su lado y, en tono firme, le dijo que no debía llevar ropa alguna. -Es mi deseo que estéis desnuda y siempre disponible para mí-sentenció.
Podría haberle dicho que estaba inmensamente bonita cubierta sólo por su cabello dorado, por el rubor de sus mejillas y por sus manos, con las que intentaba en vano resguardar el sexo y los pechos. Pero aunque lo pensaba no lo dijo en voz alta. En vez de esto, la cogió por las muñecas, se las sostuvo a la espalda mientras los sirvientes traían la mesa, y luego le ordenó que se sentara frente a él. La anchura de la mesa le permitía alcanzar sin dificultad a Bella; podía tocarla y acariciar sus pechos si así le apetecía. Estiró el brazo y le levantó la barbilla para inspeccionarla a la luz de las velas que sostenían los criados. Sirvieron asados de cerdo y ave, y frutas dispuestas en grandes y resplandecientes cuencos de plata. Al instante, el rey apareció en el umbral de la puerta. Ataviado con sus
pesadas vestimentas ceremoniales y una corona de oro ceñida a la cabeza, se inclinó ante el príncipe y esperó la orden para entrar. -Vuestro reino ha estado desatendido durante cien años -dijo el príncipe mientras levantaba su copa de vino-. Muchos de vuestros vasallos han escapado para irse con otros señores y buenas tierras están sin cultivar. Pero conserváis vuestra riqueza, vuestra corte y vuestros soldados. Es mucho lo que os queda por delante. -Estoy en deuda con vos, príncipe -respondió el rey-. Pero ¿podéis decirme vuestro nombre, el de vuestra familia? -Mi madre, la reina Eleanor, vive al otro lado del bosque -dijo el príncipe-. En vuestra
época, era el reino de mi bisabuelo: él era el rey Heinrick, vuestro poderoso aliado. El príncipe advirtió la sorpresa reflejada en el rostro del rey y luego su mirada de confusión. El príncipe lo comprendió perfectamente. Al ver el rubor que cubría la tez del soberano, le dijo: -En aquella época, durante un tiempo prestasteis vasallaje en el castillo de mi bisabuelo, ¿no es cierto?, y quizá también vuestra reina, ¿no?
El rey apretó los labios con gesto de resignación y asintió lentamente:
-Sois descendiente de un poderoso monarca -susurró, y el príncipe se percató que el rey no levantaba los ojos para no ver a su hija desnuda.
-Me llevaré a Bella para que preste servidumbre -afirmó el príncipe-. Ahora ella es mía. -Con su largo cuchillo de plata cortó el caliente y suculenta asado de cerdo y dispuso varios pedazos en su propio plato. Los sirvientes competían entre ellos para aproximarle más bandejas. Bella estaba sentada con las manos de nuevo sobre los pechos; tenía las mejillas humedecidas por las lágrimas y temblaba levemente.
-Como deseéis -dijo el rey-. Estoy en deuda con vos.
-Habéis recuperado vuestra vida y vuestro reino -continuó el príncipe-. Y yo tengo a
vuestra hija. Pasaré aquí la noche y mañana partiremos hacia el otro lado de las montañas para convertirla en mi princesa. Se había servido algo de fruta y más pedazos de asado. A continuación, con un suave chasquido de los dedos, le dijo a Bella en un susurro que se acercara a él. Advirtió la vergüenza que sentía ella ante los sirvientes.
Pero aun así le quitó la mano de su sexo. -No volváis a taparos de este modo, nunca más -dijo. Pronunció estas palabras casi con ternura, al tiempo que le retiraba el pelo de la cara. -Sí, mi príncipe-susurró ella. Tenía una vocecita encantadora-. Pero es tan difícil. -Por supuesto que lo es -sonrió él-. Pero lo haréis por mí. Entonces la cogió y la sentó sobre el regazo, abrigándola con su brazo izquierdo.
-Besadme -dijo, y al experimentar de nuevo la cálida boca sobre la suya, sintió que el deseo le invadía de nuevo, demasiado pronto para su gusto, pero decidió saborear este leve tormento.
-Podéis marcharon -le dijo al rey-.Ordenad a vuestros criados que tengan mi caballo preparado por la mañana. No necesitaré caballo para Bella. Sin duda habréis encontrado a mis soldados a las puertas de vuestro castillo -el príncipe se rió-. Les daba miedo entrar conmigo. Decidles que estén dispuestos al amanecer, entonces podréis despediros de vuestra hija, Bella. El rey alzó la vista breve y rápidamente para acatar las órdenes del príncipe y con una cortesía inagotable retrocedió hasta salir por la puerta.
El príncipe centró toda su atención en Bella. Levantó una servilleta y le enjugó las lágrimas. Ella mantenía obedientemente las manos sobre los muslos, mostrando su sexo, y él observó con aprobación que no intentaba esconder sus endurecidos pezones rosados con los brazos. -A ver, no os asustéis -le dijo con dulzura mientras le acercaba un poco de comida a su boca temblorosa. Luego le palmeó los pechos que vibraron ligeramente-. Podría haber sido viejo y feo. -Pero entonces yo podría sentir lástima por vos-dijo con voz dulce, tímida. Él se rió: -Voy a castigaron por esto -le dijo con ternura-. Aunque de vez en cuando alguna pequeña impertinencia femenina resulta divertida. Ella se sonrojó fuertemente y se mordió el labio. -¿Tenéis hambre, hermosa? -le preguntó él. Advirtió que le daba miedo responder. - Cuando os pregunte diréis, «Sólo si os place, mi príncipe», y sabré que la respuesta es sí. O, no, a menos que así os plazca, mi príncipe», y entenderé que la respuesta es no. ¿Me entendéis? -Sí, mi príncipe -contestó ella-. Tengo hambre sólo si os place, mi príncipe.
-Muy bien, muy bien-dijo con sincera emoción. Cogió un pequeño racimo de brillantes uvas púrpuras y se las llevó a la boca una a una, sacando a continuación las pepitas y dejándolas a un lado. Luego observó con evidente placer cómo ella bebía a grandes tragos de la copa de vino que le sostenía en los labios. Después le enjugó la boca y la besó. Los ojos de Bella centelleaban pero había dejado de llorar. El príncipe palpó la suave carne de su espalda y sus pechos tina vez más.
-Excelente -susurró-. ¿Así que antes estabais terriblemente consentida y os concedían todo lo que deseabais? Ella, confundida, volvió a sonrojarse y luego asintió con cierra vergüenza. -Sí, mi príncipe, creo que quizás...
-No tengáis miedo de contestarme con muchas palabras-le instó-siempre que sean respetuosas. No habléis nunca a menos que yo os hable antes, y aseguraos cuidadosamente de tener en cuenta qué es lo que me complace. ¿Estabais muy malcriada y os lo concedían todo, pero ¿erais testaruda? -No, mi príncipe, creo que no lo era --dijo-. Intentaba ser una alegría para mis padres. -Y seréis una alegría para mí, querida mía -dijo cariñosamente. Sin dejar de rodearla firmemente con el brazo izquierdo, el príncipe siguió cenando. Comía con entusiasmo: cerdo, ave, algo de fruta y varias copas devino. Luego les dijo a los sirvientes que lo retiraran todo y que salieran. Habían puesto sábanas y colchas limpias sobre la cama, almohadas mullidas, rosas en un jarro próximo, y también varios candelabros. -Y bien-dijo el príncipe mientras se levantaba y la colocaba ante él-. Tenemos que acostarnos puesto que mañana se presenta una larga jornada. Y aún tengo que castigaron por la impertinencia de antes. Las lágrimas asomaron de inmediato a los ojos de Bella, que imploró al príncipe con su mirada. Casi alargó los brazos para cubrirse los pechos y el sexo, pero recordó las instrucciones anteriores y apretó con impotencia los pequeños puños a ambos lados del cuerpo. -No os castigaré mucho -dijo él con ternura, levantándole la barbilla-. No fue más que una pequeña falta y, al fin y al cabo, la primera. Pero, Bella, para ser sinceros, os diré que me encantará castigaron. Ella se mordía el labio y el príncipe se percató de que quería hablar; el esfuerzo por controlar la lengua y las manos era casi excesivo para ella. -Está bien, preciosidad, ¿qué queréis decir? -preguntó.
-Por favor, mi príncipe -rogó-. Me dais tanto miedo.
-Descubriréis que soy más tolerante de lo que pensáis-le dijo.
Se quitó el largo manto, lo arrojó sobre una silla y echó el cerrojo a la puerta. Luego apagó casi todas las luces, a excepción de unas pocas velas.
Iba a dormir con la ropa puesta, como hacía la mayoría de noches que pasaba en los bosques, en las posadas del campo o en las casas de esos humildes campesinos en las que se detenía en ocasiones, puesto que eso no era un gran inconveniente para él. Al acercarse a ella pensó que debía ser clemente y llevar a cabo el castigo con rapidez. Se sentó a un lado de la cama, se estiró para alcanzarla y, sujetándole las muñecas con la mano izquierda, atrajo su cuerpo desnudo y lo tumbó sobre su regazo de modo que las piernas pendían inútilmente sin tocar del suelo.
-Preciosa, preciosísima-dijo mientras recorría lánguidamente con su mano derecha las redondas nalgas, obligándolas a separarse ligeramente cada vez un poquito más. Bella lloraba a viva voz pero amortiguaba el llanto contra la cama, con las manos sujetas ante sí por el largo brazo izquierdo del príncipe. Entonces él, con la mano derecha, le dio un azote en el trasero y comprobó cómo el llanto subía de volumen. La verdad, no había sido un palmetazo tan fuerte, pero dejó una marca roja sobre la piel. Él volvió a zurrarle, sintió cómo la princesa se retorcía contra él, notó el calor y la humedad de su sexo contra la pierna y, una vez más, le propinó otro azote. -Creo que sollozáis más por la humillación que por el dolor-le regañó con voz suave. Ella forcejeaba por amortiguar el sonido de sus quejas.
El príncipe abrió la palma derecha y, al sentir el calor de las nalgas enrojecidas, volvió a alzar la mano y soltó otra serie de palmetazos sonoros, fuertes, sonriendo mientras ella se resistía. Podría haberla zurrado con mucha más fuerza, sólo para placer propio y sin hacerle demasiado daño. Pero se lo pensó mejor. Tenía tantas noches por delante para estos deleites... Entonces la levantó para dejarla de pie ante él. -Retiraos el pelo de la cara-le ordenó. El rostro manchado de lágrimas era de una belleza indescriptible. Los labios vibraban temblorosos, los ojos azules destellaban con la humedad de las lágrimas. Ella obedeció de inmediato. -No creo que estuvierais tan mimada -dijo-. Me parecéis muy obediente y dispuesta a complacer, y esto es algo que me hace muy feliz.
Advirtió que ella se tranquilizaba. -Ahora, unid las manos detrás del cuello -ordenó-, por debajo del pelo. Así es, muy bien -volvió a levantarle la barbilla-. Tenéis el hábito modesto de bajar la mirada con sumo encanto. Pero ahora quiero que me miréis directamente a la cara. Ella obedeció tímidamente, con aire desdichado. En aquel instante, al mirarlo a él, sintió que era más consciente de su propia desnudez e indefensión. Tenía unas pestañas tupidas y oscuras, y sus ojos azules eran más grandes de lo que él había pensado. -¿Me encontráis guapo? -le preguntó-. Ah, pero antes de contestarme, debéis saber que lo que me gustaría conocer es vuestra sincera opinión, no lo que vos creáis que desearía oír, o lo que os convendría contestar, ¿me entendéis? -Sí, mi príncipe-susurró. Parecía más sosegada. Él alargó la mano, le friccionó ligeramente el pecho derecho y luego le acarició las axilas vellosas, palpando la pequeña curvatura que formaba allí el músculo, bajo el menudo mechón de pelo dorado; y a continuación le acarició ese vello tupido y húmedo, entre las piernas, lo que obligó a la joven a suspirar y temblar. -Y bien-dijo él-, responded a mi pregunta y describid lo que veis. Describidme como si me acabarais de conocer y estuvierais hablando confidencialmente con vuestra doncella. Ella volvió a morderse el labio, lo que a él le encantaba, y luego, con voz un poco apagada por la incertidumbre, dijo: -Sois muy apuesto, mi príncipe, nadie podría negarlo. Y para ser... para ser... -Continuad -dijo. La atrajo un poco más hacia él de manera que el sexo de ella se apretara contra su rodilla. La rodeó con el brazo derecho, le meció el pecho con la izquierda y rozó con los labios la mejilla de la princesa. -Y para ser tan joven sois muy dominante -dijo ella-, no es lo que cabría esperar.-Y decidme, ¿cómo se detecta eso en mí, aparte de por mis actos?
-Vuestro talante, mi príncipe-dijo, su voz iba cobrando un poco de firmeza-. La mirada de vuestros ojos, tan oscuros... vuestro rostro. No exhibe ninguna de las dudas de la juventud. Él sonrió y le besó la oreja. Se preguntaba por qué estaba tan caliente la pequeña y húmeda hendidura entre sus piernas. Sus dedos no podían dejar de tocarla. Aquel día ya la había poseído dos veces, y volvería a poseerla, pero estaba pensando que convendría actuar con más lentitud. -¿Os gustaría si fuera más viejo?-le susurró. -Había pensado -dijo ella- que sería más fácil. Recibir órdenes de alguien tan joven -siguió- significa sentir el propio desamparo.
Sus lágrimas habían vuelto a brotar y se derramaban por sus mejillas, así que el príncipe la empujó cuidadosamente hacia atrás para poder verle los ojos. -Querida mía, os he despenado del sueño de todo un siglo y he restaurado el reino de vuestro padre. Sois mía. No os resultaré un amo tan duro, sólo un amo muy concienzudo. Cuando logréis pensar únicamente en complacerme, noche y día, y a cada momento, las cosas serán muy fáciles para vos. Mientras ella trataba esforzadamente de no apartar la mirada, el príncipe apreció de nuevo cierto alivio en su rostro, y también que su persona le infundía un temor absoluto. -Y ahora -dijo, y metió los dedos de la mano izquierda entre sus piernas, al tiempo que la atraía otra vez hacia él haciéndole soltar un pequeño jadeo que ella fue incapaz de contener-, quiero de vos más de lo que he tenido antes. ¿Sabéis a que me refiero, mi Bella Durmiente? Ella sacudió la cabeza; en aquel momento estaba aterrorizada. ÉI la levantó en brazos y, llevándosela hasta la cama, la tumbó allí. Las velas desprendían una luz cálida, casi rosada, que iluminaba el cuerpo desnudo y el cabello que caía a ambos lados de la cama. Bella estaba a punto de ponerse a gritar, pero se esforzaban por mantener las manos quietas a los costados. -Querida mía, hay una dignidad en vos que os escuda de mí, tanto como este precioso cabello dorado que os cubre y os ampara. Ahora quiero que os rindáis a mí. Lo comprenderéis y os sorprenderá haber llorado la primera vez que os lo he sugerido.
El príncipe se inclinó sobre ella. Le separó las piernas. Notaba cuánto le costaba no cubrirse con las manos o volverse a un lado. Le acarició los muslos. Luego, con el índice y el pulgar, exploró el sedoso vello húmedo, palpó aquellos pequeños labios tiernos e hizo que se separaran ampliamente. Un terrible estremecimiento sacudió todo el cuerpo de Bella. Con la mano izquierda, él le tapó la boca y ella sollozó suavemente. Él pensó que al parecer le resultaba más fácil con la boca así tapada, de modo que, por el momento, aquello ya estaba bien. Habría que enseñarle todo a su debido tiempo. Con los dedos de la mano derecha encontró aquel nódulo de carne entre los tiernos labios inferiores, y lo friccionó hacia delante y atrás hasta que ella levantó las caderas, arqueando la espalda a pesar suyo. Su carita, bajo la mano del príncipe, era el vivo retrato de la angustia. Él sonrió para sus adentros. Pero mientras sonreía, sintió por primera vez el fluido caliente entre las piernas de la joven, el verdadero fluido que antes no había aparecido con su sangre virginal.-Eso es, eso es, querida mía -dijo—. No debéis resistiros a vuestro amo y señor,
¿verdad? Entonces se abrió la ropa y extrajo su sexo erecto, ansioso y, subiéndose sobre ella, lo posó en su cadera mientras continuaba acariciándola y friccionándola.Ella se retorcía a uno y otro lado, agarrando y retorciendo las suaves sábanas a sus costados. Pareció que todo su cuerpo se volvía de color rosa y los pezones de sus pechos se veían tan duros como pequeñas piedras. Él no pudo contenerse ante ellos.
Los mordió con los dientes, juguetón, sin hacerle daño. Los chupó con la lengua y luego le lamió también el sexo. Y mientras ella forcejeaba, se sonrojaba y gemía, volvió a colocarse encima, lentamente. Bella se arqueó de nuevo. Sus pechos se tiñeron de rojo. Y mientras él introducía su órgano en ella, sintió que se estremecía con un indeseado placer. La mano del príncipe sobre su boca amortiguó el grito que salió de su garganta mientras ella volvía a estremecerse de tal modo que casi parecía que lo levantara sobre la cama. Luego se quedó quieta, húmeda, ruborizada, con los ojos cerrados, respirando profundamente mientras las lágrimas brotaban en silencio. -Eso ha sido maravilloso, querida mía-dijo él-. Abrid los ojos. Bella lo hizo tímidamente pero luego permaneció tumbada sin apartar la vista de él. -Esto ha sido tan difícil para vos -susurró él-. No podíais ni imaginaros que estas cosas sucedieran. Estáis roja de vergüenza, tembláis de miedo y creéis que quizá sea uno de los sueños que soñasteis en vuestros cien años de hechizo. Pero es real, Bella dijo el príncipe-. ¡Y no es más que el comienzo! Creéis que os he convertido en mi princesa, pero no he hecho más que comenzar. Llegará el día en que no veréis nada aparte de mí, como si yo fuera el sol y la luna; un día en el que yo lo seré todo para vos: comida, bebida, el aire que respiráis. Entonces seréis mía de verdad, y estas primeras lecciones... y placeres... -sonrió- no parecerán nada. El príncipe se inclinó sobre la princesa, que permanecía sumamente quieta, con la mirada fija en él.-Ahora besadme -le ordenó-. Quiero decir, de verdad..., besadme.





viernes, 24 de febrero de 2012


Existió hace muchos años un país de grandes bosques espesos con gran vegetación, y poblado de animales salvajes, como el oso, el zorro, el lobo, y otros no dañinos como los ciervos, los perros y los linces. Estamos en tiempos lejanos a la edad media. Los bosques siempre han sido refugio de malhechores, bandoleros y truhanes donde hacían su refugio los perseguidos por la ley, y de los sin casa ni papeles. Existió una adolescente muy atractiva de bonito físico, bien alimentada y lozana, llevaba trenzas, tenía unos ojos azules preciosos y expresivos, su alegría llenaba la casa de su mamá y de sus amigos, y de todos aquellos que la conocían. Su atractivo no pasaba desapercibido. El cabello suelto y desmelenado la convertía en una joven atractiva, una mujerona aún siendo casi una niña. A los ojos de los muchachos y jóvenes  era su sex simbol, con quién soñaban despiertos y dormidos, cerrando los ojos, para vivir su momento de fantasía erótica, propia de la juventud. Su abuelita le tejió una capa de lana, que tiñó de rojo con tintes naturales. Como siempre hacia humedad  la llevaba siempre puesta por el tiempo que hacía en las montañas y cerca de los bosques. Le pusieron el sobre nombre de Caperucita la de la capa roja. Sus senos eran fantásticos ni con la capa se disimulaban. Su abuelita, que gozaba de buena salud  vivía en el bosque donde se encontraba muy feliz haciendo fórmulas para mantener la virilidad de los campesinos, labradores y leñadores, gozaba de buena fama y de hermosura madura. Aunque la mejor fórmula para los campesinos era ver a Caperucita. Los hombres se volvían titanes, dioses del Olimpo y todo eso se notaba en los pantalones que, abultaban un montón, con sólo la mirada a la bella Caperucita, la de la capa roja. Un día, un cervatillo pasó cerca de la  casa de la aldea, de la Caperucita y le comentó que su abuela se encontraba  indispuesta. Caperucita, se lo dijo a su madre y ésta se procuró una cesta con unos pasteles de carne, miel, frutas, unas cataplasmas y especies para las fórmulas mágicas, para curar y curarse. La madre de Caperucita, que era viuda, y a  quién  le gustaba rondar los pajares donde estaban lo braceros, pero no le gustaba  andar por el bosque, pide a la jovencita que vaya en su lugar. (Así podrá retozar con algún bracero joven, castigándole así las faltas laborales). Le da consejos  advirtiéndole que tenga cuidado. Ponte la capa que no se te vean las piernas ni las tetas, que vas muy despreocupada, no cojas atajos ni senderos pequeños, pasa por el camino ancho donde pasan cazadores y leñadores que trabajan en el bosque, no te dejes tocar. No hables con desconocidos. Habla siempre con los que conoces, porque el bosque es peligroso y el camino es largo y la ocasión hace al ladrón. No llegues de noche y sobre todo atiende los ruidos del bosque, de los matorrales que puede aparecer el peligro en cualquier momento. ¡Ponte algo debajo la capa no vayas enseñando tus virtudes! Caperucita, dice: -¡sí mamá! ¿Pero cuando me comprarás un vestido más largo que casi voy enseñando el culo?- Pronto hija, pronto, con la nueva cosecha. Y recogió la cesta con las provisiones y potingues de medicamento, y se dispuso atravesar el bosque. Hasta la casa de la joven abuela. Caperucita, ingenua y atrevida no tenía ni veía el peligro, por eso no tenía miedo, ¿Quién iba a atacar a una adolescente que se siente ya muy mujer? Pensaba entre sí. De repente tras un gran nogal del camino aparece un atractivo desconocido que le pregunta:-¿A dónde vas hermosa jovencita? (con voz suave, agradable, ligona y seductora) - Voy a casa de mi abuelita, que está en medio del bosque (dice despreocupada e ingenua mientras se agacha a recoger una seta, enseñando las bonitas piernas y las nalgas)- ¿Y vas tú sola, haciendo el camino? (dice el desconocido, que se ha percatado del género y su calidad)- Pues claro, ya soy mayor y conozco el camino. Pero tengo muchos  amigos. (Mientras sigue recogiendo setas y flores, al mismo tiempo que se agacha enseñando por la blusa aquel don de senos que vuelven locos a los dioses) -¿Amigos? ¿Dónde están?  No veo ninguno. Dice con curiosidad y extrañeza al no ver a nadie. (Mejor ocasión como esta ninguna, pensaba entre sí.) - ¡Ah, claro!  Usted no los ve, son los pajaritos, los cervatillos, los conejitos y el hijo del guardabosque, que es mayor que yo y sabe hacer muchas cosas, y me gusta que me las haga, es muy mañoso (dice ingenua y sonriente)-¡OH, que linda jovencita! de verdad eres hermosa y toda una mujer. Sólo hay que verte.  ¿Quieres que te acompañe unas leguas? ¿Puedo ser tu amigo? ¿Qué tengo que hacer?  -Pues… ¿sabes algún juego que no sea muy infantil?-Sí, sé uno. Se llama un, dos, tres, cervatillo es. ¿Jugamos?-¿Y cómo se juega? -Mira, pones la capa en medio del claro del bosque, aquí, así. Muy bien. Ahora levantas los brazos horizontalmente tapándote los ojos mientras cuentas hasta veintitrés hasta llegar a tres. Yo voy hasta aquel arbusto y mientras cuentas me voy acercando hasta tocarte. Si llego a tocarte entonces lo hago yo.-Bien, me gusta. Empecemos. Así caperucita, levanta los brazos y su vestido corto que con los años no se ha renovado le llega hasta el ombligo, enseñando todo el pubis rubio sobre piel blanca. El desconocido, no llega nunca a tocarla porque va calentando su pasión viéndole las piernas y el pubis y casi el ombligo, la cual cosa hace que reviva los sentimientos y las pasiones más bajas ( me refiero a las partes bajas) haciendo repetir el juego varias veces hasta conseguir un estado de ebullición, tal como dirían los científicos. Al último juego llega hasta caperucita y le toca los pechos.- Ya está te he tocado las tetas.-Pues es verdad   ¡ya te ha costado ya!-¿Sabes jugar a otro juego? Dice caperucita-Sí, unos cuantos más. Para empezar jugaremos a los zorros. Un zorro y una zorra. Debemos andar de cuatro patas y con la boca recoger una seta y ponerla en la capa.- ¿Pero será un poco cansado no? Dice  caperucita-Pero descansaremos haciendo un espacio de tiempo encima tu capa de lana.-Bien dice caperucita. Así que los dos se ponen de cuatro patas y dan vueltas alrededor de unas encinas hasta que encuentran una seta cada uno, él desconocido, iba detrás de caperucita y claro está, le veía las nalgas y la partida de nacimiento, un matojo rubio y un excelente trasero, redondo y lozano como la mejor fruta del tiempo. El desconocido, al ver le panorama, que todo sea dicho, se puso allí para contemplarla, se estaba poniendo como las setas rojas, me refiero a su seta que tenia ahora aplastada por los calzones.-Ay, dice el desconocido.-¿Qué te pasa?  ¿Te has herido?-Me he pinchado entre las piernas, ¡OH, me duele!-A ver que te ha pasado, bájate los calzones, que tengo remedios en la cesta. Mientras se sienta ahorcajada delante del desconocido dejando a la vista el frondoso matorral rubio adosado entre dos muslos blancos. El desconocido, se baja los calzones, mejor dicho le ayuda a bajárselos caperucita, porque era muy servicial y cariñosa con los enfermos, y una vez bajados ve la gran seta entre las piernas. ¡Caramba!  ¿Qué es lo que te habrá picado que te ha salido una seta tiesa y dura?-Voy a buscar potingues de la abuela.-No, dice el desconocido, con un poco de saliva y besos, ya sabes que se curan las heridas.- ¿No te lo han dicho nunca eso?-Pues sí, me dice siempre la abuela, que con cariño,  buenos tratos y besos se curan muchas cosas. -¿Entonces qué hacemos?-Si quieres ayudarme… puedes poner saliva con la lengua en la seta, le das unos besos y cuando desaparezca el dolor ya se verá con una salida de líquido blanco, entonces el dolor desaparece.-Ah muy bien. Pues allá voy. (Decidida se pone manos a la obra)Y caperucita, teniendo acostado de espaldas al desconocido, se sienta encima de él en posición del misionero ( invertido, más parecido al 69 que otra cosa) y le va poniendo saliva, le da besos, le acaricia la seta que se pone como el rojo de la hermanita Cesárea ( seta del César) mientras en la posición el desconocido va mirando las entrepiernas de caperucita que muy hacendosa cuida de su enfermo, hasta que llega el momento en que la seta deja de sentir dolor y sale el liquido blanco, dejándole relajado y contento.-Ves ya está .-¿No te duele ahora verdad?-De verdad que eres bondadosa. Me has curado. Ahora yo te quitaré el líquido blanco que ha caído sobre tus bonitos pechos. No te are daño lo haré con la lengua.- ¡Ah, qué bien! Así no me dolerá...El desconocido, lame las tetas de la caperucita y las protuberancias propias de las tetas hasta que se ponen duras y turgentes, vivas. Y Caperucita, dice: - tú te habrás curado, pero yo ahora tengo un cosquilleo que me va de las tetas a la frondosidad del bosque rubio que tengo entre las piernas y me sube un ardor que me parece que tengo fiebre.-No te preocupes, el mismo remedio es para una cosa como para la otra. Si quieres… te pongo remedio y te curo.-Pues sí, hazlo pronto no sea que llegue la noche y llegue tarde a casa de la abuelita. Así pues, tumbada de espaldas caperucita abre su matorral rubio enseñando el lugar donde le pica. El desconocido, se arrodilla delante aquel valle fértil y hermoso y le practica la medicina con la lengua para tener la misma técnica y método. - ¿te vas curando amiguita mía?-Un poco más que tengo picor. -¿También me saldrá el líquido blanco?-Más que blanco un poco como el manantial, será la señal, de que te habré curado.-Pues sigue, que tu medicina me gusta. Hasta que llega al punto de éxtasis. Caperucita, exclama ahhhh!-Ya estoy curada. Muchas gracias amiguito mío.-Si quieres por el camino, podemos seguir jugando mientras llegamos cerca de casa de tu abuelita.-Bueno, eres muy ingenioso, sabes muchos juegos.-Pues ahora haciendo camino jugaremos al recorrido del valle. Es un juego sencillo, no hay que dejar de andar.-Yo soy el cazador, tu el valle. Mis dos dedos son el cazador, tu espalda el valle, hasta las lomas y después la cueva.-Qué bien, sigamos jugando, eres un genio de los juegos.-Dame la cesta, la llevo yo. -Tú cúbrete con la capa y con los brazos un poco en alto dejando la parte delantera de la capa abierta para que ande el cazador. ¿De acuerdo?-Sí, ya puedes empezar. La mano derecha, los dos dedos índices y corazón, empiezan a andar por la espalda, la paletilla, la columna, el cuello, llegan a las cumbres redondas de las nalgas y va bajando hasta entrar en la cueva.-Ah, ya entraste en la cueva, con una sola pata. Je, je. Dice Caperucita.-Otra vez. Pide la Caperucita. Y los dedos suben bajan hasta llegar a la cueva con las dos patas. Ahora sí, el juego termina. -Pero, podemos hacer la nueva excursión entrando en el pozo. Así que otra vez los dedos recurren la geografía de caperucita y finalmente cuando llega al punto de entrada, el desconocido le dice: -agáchate un poco, lame, mi dedito, así muy bien, y el dedito entra por detrás para acabar el juego de las cuevas.-La primera cueva me ha gustado, pero la segunda le ha costado un poco, pero un poquitín sí que ha entrado.-Es falta de práctica por estas geografías dice el desconocido.-¿Qué quieres decir que si se anda más entra mejor?-Claro está. Así es.- ¿Y cómo se entra mejor? Dice con curiosidad Caperucita, que cada vez va perdiendo  el miedo y es más atrevida y juguetona.-Bueno, te lo enseño pero después tendrás de correr para llegar a casa de la abuelita, se va haciendo tarde.-Bueno, pero quiero aprender.-Ponte de rodillas. Los brazos en el suelo el valle en alto abriendo los caminos. Así, muy bien eres un encanto de mujer, una maravillosa mujer, cada minuto que pasa me gustas más, me siento feliz.-Gracias eres muy amable y divertido, también me gustas tú. El desconocido le puso saliva en cantidad y le puso un dedito, después otro al final los dos juntos hasta que entraban como un chupete en la boca de un bebé.- ¿Lo ves?  ¿Qué bien ha entrado ahora el señor cazador en la cueva pequeña?-Pues es verdad.- Pero ahora me vuelve a venir el cosquilleo entre las piernas vámonos al riachuelo del atajo para refrescarnos. La caperucita y el desconocido ahora iban cogidos de la mano, después de la cintura y después se agarraban las nalgas acariciándoselas. Al llegar al riachuelo  se despojan de los vestidos y en cueros se bañan. El desconocido con el agua fría no se le endurece el argumento de la vida, y la caperucita se refresca el valle rubio calmando su picor momentáneo, del entre valle. Después del baño, caperucita juega a recorrer el valle con el desconocido pero lo hace por delante, los dos dedos juegan y llegan de los ovillos a la atalaya, consiguiendo que se izase el palo de la bandera. Caperucita quiso curar otra vez al desconocido hasta que le procuró el líquido que calma el dolor. Después, jugó con él por la espalda hasta llegar a su cueva, la cual le dolió por tener hemorroides.-Hay pobrecito, tu cueva está enferma. Se lo diré a mi abuelita para que te de un remedio y te cures, ya te lo pondré yo así se curará antes, dice  cada vez más atrevida, seductora, ingenua o naif. El desconocido la ayuda a vestir. La blusa y la capa, y emprenden el camino hasta cerca la casa de la abuelita. (En aquellos tiempos, no existían las braguitas ni los sujetadores, la blusa tapaba y la capa abrigaba)Se despiden en el cruce de caminos, dándose un beso casto, cuál doncella virgen. Caperucita dice que mañana y pasado pasará por el claro del bosque, y  le esperará allá.  – hasta mañana, amiguito. El desconocido asiente en volver a la misma hora. –hasta mañana Caperucita La caperucita llega a la casa de la abuelita, que está sentada en un balancín. Es una señora guapa y madura. Sex símbolo de los ancianos de  la aldea, a quienes les facilita las formulas para levantar la moral en sus casas para poder atender bien a  sus esposas.-Hola abuelita, te traigo unos comestibles y potingues que mamá me ha dado para ti, no ha cabido todo en la cesta pero mañana volveré para terminar el lote.-Gracias caperucita. Dice la abuela mientras le da un beso.-Qué te pasa caperucita, tienes el cuerpo caliente. -¿Has venido corriendo por la hora que es?-Pues sí, es que me he entretenido en el claro del bosque con las flores que traigo en la cesta, son para ti, después he venido deprisa y me he acalorado.-Bien, pues descansa un poco. Mañana a la mañana vuelves a la aldea, y ya volverás cuando te deje  mamá.-Mañana volveré, seguro. Dice convencida, pensando en el desconocido del bosque.-Bien, bien, mañana vuelve.-Abuelita, me han preguntado por el camino si tu puedes curar…me da vergüenza decirlo… almorranas del culo (dice poniéndose roja como la capa)-Sí, tengo un  ungüento muy eficaz. Se aplica con una zanahoria bien pelada y el ungüento va penetrado gracias a la zanahoria que debe ser fina. Aplicar el ungüento dentro y tapar con la zanahoria. Te daré un  tarro pequeño, se lo debe hacer dos veces al día, por la mañana y por la tarde/noche. La zanahoria hace de tapón metido dentro.-Qué vergüenza, ¿cómo le voy a explicar todo esto? (dice en voz alta Caperucita)-Si no puedes, le dices que venga a  casa y se lo diré yo misma. Mientras en la aldea la mamá de Caperucita, la activa viuda ha encontrado un bracero holgazaneando en el pajar. Le propina una bronca y le amenaza con despedirle al momento si no pide perdón y hace aquello que se le pida. El bracero pide perdón y la viuda con deseo carnal le dice que se baje los calzones, cosa que hace gustosamente, y la viuda le hace un trabajo de artista dejándole como un semental, a tal punto lo dejó que no pudo evitar la inseminación del bravo trabajador, quién le preguntó que cuantas veces tenía que faltar para merecer tal castigo. Los dos satisfechos volvieron a sus quehaceres. AL DIA Siguiente ambos se encuentran en el claro del bosque. Caperucita ya tiene el tarro preparado para curarle las hemorroides al desconocido seductor o seducido. Este ya tiene preparado entretenimientos para el camino y juegos para el claro del bosque.-Hola Caperucita- Hola desconocido. -Ah, me llamo Lupus, no es muy conocido, pero hay algunos.- ¿A que jugaremos hoy?-Podríamos jugar…  ¡al nido de los pájaros!-¿Y cómo se juega?-Es fácil, somos dos pajaritos. Saltamos con los pies juntos haciendo un círculo y después nos juntamos en el centro. -Debemos conseguir madroños o fruta silvestre, o si no, en este caso una hojita de boj que  debemos llevar en los labios.-Empecemos. Hacen saltitos haciendo corro. Caperucita le botan las tetas con un ritmo impresionante y Lupus también le bota el colgante, hasta que deja de colgar. Se encuentran en el centro. Extienden las manos y las frutas de los labios pasan del uno al otro dándose un besuqueo. (De película de Hollywood)-Me ha gustado. Otro juego quiero.-Ahora jugaremos a caballero y dama. Yo caballo y tú la dama. Móntate en mi espalda y te llevaré a pasear por el bosque. Caperucita se monta a la espalda, sin capa y casi desnuda. Se lo pasa bien, galopan por el claro de bosque y Caperucita está excitada y le dice:-Que bien me lo paso contigo, mejor que con los braceros de la aldea.-Bueno no hago nada con ellos. Pero les espío cuando van a  orinar desde el pajar, juegan a para ver quien llega más lejos. El que gana pone un castigo al otro. Algunas veces consiste en tocarle los testículos al caballo  hasta que se le alarga al caballo la otra cosa que no es la cola.-Si quieres Caperucita, si te pica y tienes cosquilleo te curo como ayer. Y con la creatividad de la vivaracha caperucita le dice:-Sí pero, lo haremos al mismo tiempo, tú me curas, yo te curo.-Bien. Se ponen encima la capa y empiezan a curarse si saber que practicaban la actividad más antigua de todos los tiempos primitivos: la felacion y el cunnilingus, hasta quedar los dos relajados y claro está bien curados.-Ahora que estamos curados, te voy a curar a ti. -Mi abuelita me dio un tarro y una zanahoria. Con ello te aliviará y curara tu cueva pequeña. Ponte de rodillas, sin calzones. Y caperucita le aplica el ungüento en el ano y se la  va entrando con la zanahoria, y  va entrando y saliendo aplicando, hasta que Lupus le pide más, más, y más rápido. Caperucita dice: - ya veo que te está curando, que te gusta que te ponga más. Para hoy está muy bien, mañana volveré y terminaremos la cura. La práctica con la zanahoria, le había proporcionado una eyaculación, cosa que se da cuenta Caperucita.-Vaya ya la tienes enferma otra vez. La toma entre sus dedos y le da besos y lamidos hasta que aparece otra vez la seta roja.-Ya está, te he curado otra vez.-Eres una gran curandera. Vamos a bailar por el bosque. Se toman de las manos y bailan haciendo círculos para acabar entrelazados. Se visten y van de camino a casa la abuelita. Caperucita presenta a Lupus a la abuelita Buhita. Se hacen amigos. La abuela le cuenta sus fórmulas como, la de los ancianos de la aldea. Caperucita queda entusiasmada en verles conversar y ser tan amigables, no acostumbra a tener muchos amigos con quien contar cosas. Finalmente, le deja probar la fórmula magistral del amor que hace para los ancianos. Lupus, se la toma con una dosis un poco mayor, lo que le hace un gran efecto, que Buhita ve enseguida.-Caperucita, llégate al claro del bosque del norte y tráeme unos brotes de  índigo. Lo necesito para una formula. Tardarás una media hora aproximadamente o quizá un poco más.-Bien abuelita, ahora voy. ¿Vienes Lupus?-No él se queda, que ha de probar unas formulas nuevas para saber si van bien. No tardes mucho, bueno lo que quieras….Sale de la casa caperucita y se dirige al claro del bosque. Mientras la abuelita, que tomaba formulas para eterna juventud, demostró ante Lupus que su cuerpo era casi  tan gentil como el de Caperucita, pero con más experiencia. Le enseñó sus virtudes y su envoltorio, parecido al de Caperucita, porque eran de la misma casta, y sedujo a Lupus. Este después de la fórmula, tenía el viril aspecto de un superhombre, endurecido como palo de hierro y la abuelita le sedujo, le alimentó sus deseos, y retozó con él dejándole más cansado y sudado que una mula después del viaje. Entra Caperucita y al ver a Lupus abatido, le dice: -¿qué te pasa? ¿Has enfermado otra vez?  -No ya está. -Creo que una formula me habrá hecho reacción, pero pronto pasará. La abuelita hacia una cara de satisfacción que no podía con ella. Hacía tiempo que esperaba una ocasión así. Un joven recio y fuerte, inteligente, que con ayuda era un superhombre. La abuelita Buhita, le dio a beber un reconfortante, que también hizo su efecto instantáneo. Recuperándose en pocos minutos las capacidad de acción de la que presumen muchos hombres.-Sabes abuelita, nos hemos enamorado.-Muy bien Caperucita. Es un hombre fuerte, viril y con tu ayuda será un gran hombre luchará contra todos los lobos que se te acerquen. Seguro que podrá con todos. (Entre si pensaba Lupus, claro está soy el jefe de la manada y éste es mi territorio.)La abuelita, le dio a Lupus una docena de  frascos de la formula de la vida, para que tuviera para muchos años felices pero tenía que gastarlos con la Caperucita, que era la joven más hermosa y ardiente de la comarca, así como cariñosa y bondadosa que gustaba curar a los heridos y reconfortar a los enfermos. (Le venía de casta)Volvieron a la casa de la aldea. Caperucita presentó a Lupus, que cayó muy bien a la mamá, viuda. Esta le gustó Lupus al instante. Le vio como un ejemplar único viril y proporcionado, atractivo y con un potencial que ella se imaginaba. (Pero no podía opinar por experiencia)Lupus y Caperucita explicaron que la abuelita les había dado unos frascos de la vida para pasar mejor las noches y hacerlas más duraderas, que daban un gran resultado. Caperucita, dejo de ser una niña, al conocer a Lupus y las artes amatorias. Se volvió una gran mujer, perdió la ingenuidad y ganó en voluptuosidad siendo insaciable y ayudó a dirigir la vida de Lupus y de su mamá, llevándoles por derroteros eróticamente reconfortantes. La mamá, robó un frasco a Lupus durante la noche mientras dormía. (Porque ahora vivía y dormía con Caperucita, porque ella no dejaba que se fuera,” era su Lupus”.)Y a la primera ocasión se lo dio a beber a un bracero holgazán y joven creándole una gran reacción que se hizo espectacular, y más aún el goce de la mamá viuda que gozó durante horas quedando exhaustos de placer el bracero y ella.(Anotándolo en el libro de Guinness)Desde entonces el bracero no trabajó más los campos ni preparó los establos, ni cuidó de los animales, solamente comía, dormía y atendía las necesidades de la mamá viuda, que eran insaciables gracias a la fórmula de la abuela. Probaron la formula en los establos. El caballo y la yegua, y dio también resultado haciendo la hacienda más grande e importante, obteniendo una gran caballería y se hicieron ricos. La abuelita conservó la formula que potenciaba  el éxito de la hacienda. Compartía cuando podía con Lupus sus fórmulas y comprobaba los progresos, así también la abuela fue feliz con Lupus, con quién sentía una gran admiración por ser un espécimen único. A la mamá viuda, también le hubiera gustado seducir a Lupus, pero sólo llegó a espiarlos mientras hacían el amor, acabando después haciendo una visita al pajar. Caperucita lo tenía controlado todo. La mamá se conformó con el bracero que ahora olía a rosas, pero cada día estaba más chupado. Y dicen los viejos del lugar que  jamás vieron ningún lobo malo. Algo o alguien los ahuyentaba. De buenos, había pocos. El mejor era Lupus y si alguien lo duda que lo pregunten a la abuelita y a la Caperucita. La mamá viuda lo sabe sólo de  referencias.